El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

imaginé que habían manipulado los archivos.

—¿Y tampoco le pareció extraño que todo el dinero terminara en empresas relacionadas con ellos?

No respondió.

Entonces Gabriela colocó sobre la mesa el documento que supuestamente había firmado mientras estaba encarcelada.

Ernesto se quedó pálido.

—Recuerdo ese día —murmuró—. Patricia pidió que prepararan varias actas para modificar la administración. Ricardo estaba presente. Dijeron que sus abogados resolverían cualquier problema con las firmas.

—¿Y usted guardó silencio?

—Tenía miedo de perder mi trabajo.

Lo miré durante varios segundos.

—Yo perdí mi libertad, Ernesto. Mi