casa. Mi empresa. Tres cumpleaños de mi hija que ya nunca podré celebrar con ella.
El hombre comenzó a llorar.
Pero sus lágrimas no podían devolverme nada.
—Si realmente quiere ayudarme, declare oficialmente todo lo que sabe.
Y salí sin estrecharle la mano.
La siguiente sorpresa llegó dos días después.
Julián, el antiguo gerente de compras, apareció frente a nuestra casa.
Mercedes estaba regando sus plantas cuando él se acercó.
—Busco a Mariana Torres.
—¿Para qué?
—Necesito pedirle perdón.
La anciana dejó la manguera.
—Aquí el perdón no se entrega