El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

Le indiqué que se marchara y hablara directamente con las autoridades.

Antes de irse, agregó algo que me heló la sangre.

—Ricardo y Patricia llevan meses moviendo propiedades. Tienen miedo de que recuperes la empresa.

Gabriela comenzó a revisar los registros correspondientes.

Descubrió que varias propiedades habían pasado a sociedades vinculadas con personas cercanas a mi exesposo.

Entre ellas estaba la casa de descanso donde Lucía había pasado su infancia.

Mi hija había aprendido a andar en bicicleta en aquel jardín.

Allí celebramos sus quince años.

Y Ricardo estaba intentando