El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

venderla.

Cuando Gabriela me informó, tuve que sentarme.

—Quieren deshacerse de todo lo que pueda regresar a tus manos —explicó—. Vamos a solicitar las medidas legales necesarias para impedir que desaparezcan esos bienes mientras se investigan las operaciones.

Aquella noche Mercedes me encontró mirando fotografías de Lucía.

—¿Era bonita esa casa? —preguntó.

—Mucho. Pero no por los muebles ni por el jardín. Era el lugar donde mi hija era feliz.

La anciana acarició una fotografía.

—Entonces vale la pena luchar por ella.

Una mañana, un automóvil negro se estacionó frente