a nuestro portón.
De él bajó Patricia.
Llevaba un vestido elegante, lentes oscuros y una bolsa que probablemente costaba más que todos mis muebles juntos.
Hacía tres años que no la veía tan de cerca.
—Necesitamos hablar como hermanas —anunció.
Continua en la siguiente pagina
Mercedes cruzó los brazos.
—Qué curioso. Mi muchacha lleva meses viviendo aquí y usted apenas recuerda que tiene hermana.
Patricia la ignoró.
Entramos al patio.
—Te estás equivocando, Mariana —comenzó—. Si sigues adelante, vas a destruir la empresa.
—Mi empresa.
—Ya no es solamente tuya.
—¿