El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

Desde cuándo? ¿Desde que falsificaron mis firmas o desde que Ricardo se mudó contigo?

Su expresión cambió.

—Nos enamoramos. No planeamos hacerte daño.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Cuándo empezó?

Patricia evitó mirarme.

—Eso ya no importa.

—¿Fue mientras yo organizaba el funeral de Lucía?

No contestó.

Su silencio fue suficiente.

Recordé a mi hermana abrazándome frente al ataúd, prometiéndome que nunca me dejaría sola.

Todo aquel tiempo había estado acostándose con mi esposo.

Patricia sacó un sobre de su bolsa.

—Podemos llegar a un acuerdo. Una cantidad importante