El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

casa —anuncié.

—Me alegro. ¿Cuándo te mudas?

—Cuando tú prepares tus cosas.

Su cuchillo quedó suspendido.

—¿Cómo que mis cosas?

—Quiero que vengas conmigo.

—Yo tengo mi cuarto aquí. Nadie puede sacarme.

—Lo sé. Y nadie va a hacerlo. Esta casa seguirá siendo nuestra y siempre podrás regresar. Pero la otra tiene habitaciones de sobra, está más cerca del hospital y no quiero vivir allí sola.

Mercedes frunció el ceño.

—¿Me tienes lástima porque soy vieja?

—No.

—Entonces, ¿por qué quieres llevarme?

Me senté frente a ella.

—Porque cuando todos