las fotografías de Gabriel y una olla abollada que se negaba a tirar.
En la sala colocamos dos retratos uno junto al otro.
El de Lucía y el de Gabriel.
Dos hijos que nunca volverían, pero cuyo recuerdo había unido a dos mujeres que creyeron haberse quedado solas.
Con el tiempo, la empresa volvió a generar ganancias. Recibí parte de las compensaciones que legalmente me correspondían y conservé la pequeña casa del pueblo.
Algunas tardes regresábamos para cuidar el limonero.
Un domingo, mientras tomábamos café en el patio, Mercedes me