El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

a Daniel Foster.

Habíamos crecido juntos.

Su familia conocía a mi abuelo.

Daniel era ortopedista en el mismo hospital donde había hecho mi rehabilitación después del accidente.

Durante años mantuvimos una amistad distante porque Adrian no apreciaba demasiado que hablara con otros hombres.

Ironías.

Daniel llegó en menos de veinte minutos.

No me hizo preguntas en la entrada.

Solo vio mi rostro.

Luego mis manos alrededor del abdomen.

—Hospital.

Asentí.

Durante el trayecto preguntó:

—¿Cuántas semanas?

Me quedé inmóvil.

Lo miré.

—¿Cómo sabes?

—Estás protegiendo el abdomen, no las costillas.