Odiaba los hospitales.
Desde el accidente.
Desde la última vez que desperté y escuché a un médico decir que probablemente nunca volvería a bailar profesionalmente.
Aquella noche el miedo era diferente.
No estaba perdiendo un escenario.
Podía perder a alguien.
Una doctora llamada Rachel Levin revisó mis signos vitales.
Después la ecografía.
El silencio mientras movía el transductor fue insoportable.
—Doctora…
No respondió inmediatamente.
Mi corazón golpeaba.
—¿Está…?
Rachel giró la pantalla.
—Aquí.
Un pequeño punto.
Después sonido.
Rápido.
Constante.
Un latido.
Me llevé una mano a la boca.
Empecé