Su mano.
Su empujón.
Su voz:
“Me das asco.”
—No.
La palabra salió sola.
Fue la primera vez que lo admití.
No me sentía segura en mi propia casa.
Rachel no cambió de expresión.
—Podemos documentar la lesión.
—Hágalo.
Daniel levantó la mirada.
Ese pequeño acto cambió todo.
Porque hasta aquel momento todavía había una parte de mí acostumbrada a proteger a la familia.
Evitar escándalos.
No dar problemas.
No hacer quedar mal a nadie.
Pero si quería irme, necesitaba empezar por dejar de esconder lo que me hacían.
3.