El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

donante.

No por mí.

Por el comité.

Pensé en rechazarlo.

No lo hice.

Él llegó solo.

Se quedó atrás.

Después de mi discurso se acercó.

—Felicidades.

—Gracias.

Miró fotografías de mi antigua carrera.

—Nunca te vi bailar.

Lo miré.

—No.

—Tres años casados.

—Sí.

—Y nunca te vi.

No necesitábamos explicar lo que significaba.

—Lo siento.

—No hagas de cada conversación una disculpa.

—Estoy intentando.

—Bien.

Miró el escenario.

—Eras buena.

—Mucho.

—Modesta.

Sonreí.

—Eso nunca.

Nos reímos.

Primera vez en años.

Y descubrí algo extraño.

Ya no me dolía