estar cerca de él.
No porque lo amara.
Porque ya no esperaba nada.
35. Daniel y yo
Tardamos seis años.
Grace tenía siete.
Una noche Daniel me invitó formalmente.
—Cena.
—Cenamos todo el tiempo.
—Cita.
Me quedé quieta.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y si sale mal?
—Pagamos por separado.
Reí.
—Idiota.
—¿Eso es sí?
—Sí.
Nuestra relación fue lenta.
Incómoda.
Bonita.
La primera vez que intentó besarme se detuvo.
—¿Puedo?
Casi lloré.
No por él.
Por la diferencia.
—Sí.
Después del beso no sentí fuegos artificiales.
Sentí paz.
Y descubrí que quizá