El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

conseguido un papel que yo quería.

Aquello no lo sabía.

—Te seguí.

—Sí.

—Pensé en asustarte.

—Aceleraste.

—Sí.

Lloró.

—Y cuando vi que no podías volver a bailar…

—¿Qué sentiste?

Chloe tardó.

—Alivio.

La honestidad me golpeó.

—Después culpa.

—En ese orden.

—Sí.

Asentí.

—Gracias por no mentir.

—Pasé años odiándome por eso.

—No puedo ayudarte.

—Lo sé.

—¿Por qué viniste?

—Porque quiero dejar de convertir mi culpa en otra tarea tuya.

Aquello era nuevo.

—Bien.

—No necesito que me perdones.

—Bien.

Se levantó.

Antes de irse dije:

—Chloe.

Giró.