El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

que se evapora sin que notes cuándo el vaso quedó vacío.

—No sé —respondí.

—¿Entonces cómo supiste que debías irte?

La miré.

—Porque dejar de amar y decidir irse no siempre ocurren al mismo tiempo.

Grace frunció el ceño.

—¿Te fuiste todavía queriéndolo?

—Sí.

—Eso suena horrible.

—Lo fue.

—¿Entonces cómo pudiste?

Sonreí.

—Porque finalmente me quise más a mí.

Grace se quedó callada.

Después apoyó la cabeza en mi hombro.

—Eso sí me gusta.

A mí también.

Y si algún día alguien me pregunta qué recuerdo con más claridad