era acostarte junto a alguien y saber que, si otra persona lo llamaba, su corazón saldría corriendo primero.
Lo peor era agradecer migajas porque te convenciste de que al menos eran algo.
Una noche, mucho después, Grace me preguntó:
—Mamá, ¿cuándo dejaste de querer a papá?
Pensé.
No hubo un momento exacto.
El amor no cayó al suelo el día que me empujó.
No desapareció cuando vi la marca en su cuello.
Ni cuando lo encontré con Chloe.
Ni siquiera cuando firmé el divorcio.
Se fue lentamente.
Como el agua