montando muebles en casa de Sofía mientras yo esperaba en la calle con una caja entre los brazos.
—Sí.
—Elena, tampoco quiero que aceptes solo porque acabas de perder otro trabajo.
—No lo hago.
—¿Entonces?
Sonreí.
—Creo que necesito que algo cambie.
Laura me miró durante unos segundos.
Habíamos vivido juntas durante dos años en la universidad.
Me conocía demasiado bien.
—¿Adrián?
No respondí.
No hizo falta.
Laura suspiró.
—Siempre me pareció raro.
—¿Qué?
—Que tú fueras la única de los cinco que parecía estar intentando que siguieran siendo cinco.