puesto implicaba coordinar operaciones entre Madrid, Lisboa y Milán.
No era exactamente el trabajo que había hecho hasta entonces.
Era mejor.
Más responsabilidad.
Mejor sueldo.
Y, sobre todo, otra ciudad.
Cuando Laura me contó que durante los primeros seis meses tendría que estar en Barcelona de lunes a viernes, sentí algo parecido al miedo.
—Si no te interesa mudarte, hay margen —me dijo—. Podemos organizar viajes.
Miré por la ventana de la sala de reuniones.
—No.
Laura frunció el ceño.
—¿No qué?
—No necesito margen.
—¿Estás segura?
Pensé en Adrián