Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

diría que Barcelona estaba demasiado lejos.

Y finalmente, de alguna manera, la conversación terminaría girando alrededor de él.

Aquella noche llegó a casa casi a medianoche.

Entró hablando por teléfono.

—Sí, Sofi, mañana compro los tornillos… no, esos no sirven… mándame foto.

Me vio sentada en el sofá.

Levantó un dedo.

Un momento.

Continuó hablando otros cinco minutos.

Cuando colgó, sonrió.

—Perdón. La estantería que compró Sofía es un desastre.

—Ya.

Fue a la cocina.

—¿Has cenado?

—Sí.

—Genial.

Abrió la nevera.

—¿Queda pasta?

—No sé.

—¿No cocinaste?

Lo miré.