Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

la renovación vencía en siete semanas.

Perfecto.

No tendría que pelear por salir.

La nueva empresa ofrecía alojamiento temporal durante dos meses en Barcelona.

Después podía buscar algo.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía una ruta clara.

No necesitaba que nadie estuviera de acuerdo.

Aquella sensación era extrañamente adictiva.

Empecé a organizar mi salida como había organizado proyectos durante años.

Lista de tareas.

Fecha.

Documentos.

Cambio de dirección.

Cuenta bancaria.

Suscripciones.

Objetos comunes.

Objetos propios.

Mientras lo hacía, descubrí algo doloroso.

La mayoría de las cosas que considerábamos “nuestras”