las había comprado yo.
La mesa del comedor.
La cafetera.
El televisor.
La alfombra.
La vajilla.
El colchón.
No pensaba llevármelo todo.
No quería vaciarle la casa.
Pero tampoco iba a dejar mi vida completa para facilitarle la transición.
Preparé una lista.
Me quedaría con lo que tuviera valor personal.
El resto podía quedarse.
No era una separación financiera complicada.
Éramos novios.
No estábamos casados.
No teníamos hijos.
No teníamos hipoteca.
Cuanto más revisaba, más absurda me parecía la cantidad de tiempo que había pasado pensando que salir sería imposible.