Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

No era imposible.

Solo era triste.

Y durante años había confundido tristeza con imposibilidad.

El domingo, el grupo escribió para proponer brunch.

Sofía:

«Necesito que vengan. Tengo un drama con la oficina».

Bruno respondió en veinte segundos:

«Dime dónde».

Gabriel:

«¿Qué pasó?»

Adrián, sentado frente a mí en la cocina, escribió:

«Vamos a verte».

Yo podía ver su pantalla desde mi silla.

Esperé.

Nadie preguntó si yo iba.

Entonces apareció el mensaje de Sofía:

«Elena también, claro».

No sé por qué aquello me dolió.

Tal vez porque sonaba a cortesía.