mí siempre hay una explicación para esperar.
Adrián apretó los labios.
—Estás celosa.
Aquello me dolió menos de lo que habría imaginado.
—Quizá lo estuve.
—Lo sabía.
—Pero ya no.
—Entonces ¿qué eres?
Tomé otra camiseta del armario.
—Indiferente.
Fue la primera vez que vi verdadero miedo en sus ojos.
No se fue aquella noche.
Durmió en el sofá.
Yo casi no dormí.
A las tres de la madrugada escuché la puerta del dormitorio.
Adrián estaba de pie en la oscuridad.
—Elena.
—¿Qué?
—¿De verdad te vas el domingo?
—Sí.