Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

traición clara.

Pero no.

Sofía era una mujer acostumbrada a ser cuidada.

Los demás la habían colocado en el centro.

Ella había aceptado el lugar.

Yo había aceptado estar en la periferia.

Nadie había firmado un contrato.

Nadie había pronunciado la decisión.

Simplemente ocurrió.

Y por eso había durado tanto.

Antes de irse, Sofía preguntó:

—¿Hay algo que pueda hacer?

Pensé.

—No me pidas que me quede para que tú te sientas mejor.

Asintió.

—Vale.

Se fue llorando.

Yo cerré la puerta y lloré detrás.

El domingo Adrián me llevó