a la estación.
Yo había pensado pedir un taxi.
Él insistió.
No discutí.
Durante el trayecto casi no hablamos.
Barcelona no quedaba al otro lado del mundo.
Dos horas y media en tren.
Pero se sentía como un océano.
Al bajar mis maletas, Adrián sostuvo una de ellas.
—Puedo subir contigo.
—No.
—Solo hasta el andén.
—Vale.
Caminamos en silencio.
Frente al control, me entregó la maleta.
—¿Vas a volver?
—Tengo cosas que terminar aquí.
—No me refiero a eso.
Lo miré.
—No sé.
Su mandíbula se tensó.
—Yo sí