Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

de mí seguía necesitando comprobar si me echarían de menos.

No me enorgullece.

Pero es verdad.

Adrián empezó a venir a Barcelona.

La primera vez apareció sin avisar.

Me llamó desde abajo.

—Estoy en tu calle.

Me asomé al balcón.

Allí estaba.

Llevaba una bolsa con comida de un restaurante que me gustaba.

—¿Por qué?

—Quería verte.

Lo dejé subir.

Comimos.

Hablamos.

Fue agradable.

Peligrosamente agradable.

Durante unas horas recordé por qué me había enamorado de él.

Adrián podía ser divertido.

Atento cuando realmente prestaba atención.

Sabía cómo me gustaba