eres tan definitiva?
—Porque si no lo soy, vuelvo.
Aquello era la verdad.
Todavía lo quería lo suficiente para volver.
Por eso tenía que decir no.
La segunda vez no lo dejé subir.
La tercera le pedí que dejara de venir sin avisar.
Después dejó de hacerlo.
Empezó a escribir una vez por semana.
“¿Cómo estás?”
Yo respondía.
No éramos enemigos.
Pero cada conversación me hacía sentir como si intentáramos resucitar algo cuyo cuerpo todavía estaba tibio.
Finalmente le escribí:
«Necesito que dejemos de hablar un tiempo».
Tardó diez minutos.