pastel.
Una tarjeta.
Nada extraordinario.
Pero cuando regresé a casa encontré flores en recepción.
Pensé que serían de Adrián.
No.
Eran de mis compañeros.
La tarjeta decía:
“Por sobrevivir a nosotros durante tres meses. Felicidades”.
Me eché a reír.
Tomé una foto.
Estuve a punto de mandarla al antiguo grupo.
No lo hice.
Se la mandé a mi hermana.
Después a Laura.
Y comprendí que estaba empezando a construir una vida donde las buenas noticias no necesitaban ser validadas por las mismas cuatro personas.
Sofía vino a Barcelona en febrero.