Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

pastel.

Una tarjeta.

Nada extraordinario.

Pero cuando regresé a casa encontré flores en recepción.

Pensé que serían de Adrián.

No.

Eran de mis compañeros.

La tarjeta decía:

“Por sobrevivir a nosotros durante tres meses. Felicidades”.

Me eché a reír.

Tomé una foto.

Estuve a punto de mandarla al antiguo grupo.

No lo hice.

Se la mandé a mi hermana.

Después a Laura.

Y comprendí que estaba empezando a construir una vida donde las buenas noticias no necesitaban ser validadas por las mismas cuatro personas.

Sofía vino a Barcelona en febrero.