Me escribió con una semana de antelación.
«Tengo una reunión allí. ¿Quieres tomar café? Si no quieres, lo entiendo».
Acepté.
Nos vimos en una cafetería cerca de mi oficina.
Estaba más delgada.
Parecía cansada.
—Te queda bien Barcelona —dijo.
—Gracias.
—Y el trabajo.
—También.
Sonrió.
—Me alegro.
Pedimos café.
Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas.
Luego Sofía dejó la taza.
—Adrián ya casi no me habla.
No esperaba aquello.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—Sigues siendo mi amiga.
Me miró.
—¿Lo soy?
Pensé.
—No sé qué somos.
Asintió.