Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

la vista.

—Lo siento.

—¿Cómo estás de verdad?

Pensó.

—Mejor.

—Bien.

—Al principio estaba enfadado.

—Lo sé.

—Pensaba que estabas siendo injusta.

—También lo sé.

—Después repasé nuestros chats.

Eso me sorprendió.

—¿Qué?

—Años de mensajes.

Sacudió la cabeza.

—No deberías hacerlo si alguna vez quieres conservar una buena opinión de ti mismo.

Sonreí.

—¿Qué viste?

—Que casi siempre eras tú quien preguntaba si habíamos llegado.

Tú reservabas.

Tú recordabas cumpleaños.

Tú organizabas viajes.

Tú preguntabas cómo estábamos.

—No siempre.

—Muchísimo más.

Se quedó mirando la calle.

—Y yo…

Esperé.