hogar.
Solo era un grupo.
Y eso lo hacía más sano.
Celebramos el proyecto en Barcelona.
Laura levantó su copa.
—Por Elena, que llegó desempleada, deprimida y con cara de querer asesinar a alguien.
—Qué discurso tan bonito.
—Y ahora es nuestra persona favorita para resolver desastres.
—Eso suena a explotación.
Todos rieron.
Después me entregaron un sobre.
Dentro había una carta formal.
Promoción.
Directora asociada de proyectos internacionales.
Me quedé mirando el papel.
—¿Esto es real?
Laura me abrazó.
—Muy real.
Lloré.
Aquella noche escribí en el grupo antiguo.