en el trabajo, me escribió:
«No necesitas contestar. Solo dime si quieres compañía o espacio».
Me quedé mirando el mensaje.
No porque fuera extraordinariamente romántico.
Sino porque nadie me había preguntado aquello antes.
Compañía o espacio.
Una elección.
Respondí:
«Compañía».
Llegó con comida.
No me dio consejos.
No intentó resolver mi trabajo.
No convirtió mi cansancio en un inconveniente.
Se sentó a mi lado.
—¿Quieres contarme?
—Sí.
Y escuchó.
Eso fue todo.
A veces, después de años conformándote con migajas, una relación sana parece sospechosamente sencilla.
Dos años después de