Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

en el trabajo, me escribió:

«No necesitas contestar. Solo dime si quieres compañía o espacio».

Me quedé mirando el mensaje.

No porque fuera extraordinariamente romántico.

Sino porque nadie me había preguntado aquello antes.

Compañía o espacio.

Una elección.

Respondí:

«Compañía».

Llegó con comida.

No me dio consejos.

No intentó resolver mi trabajo.

No convirtió mi cansancio en un inconveniente.

Se sentó a mi lado.

—¿Quieres contarme?

—Sí.

Y escuchó.

Eso fue todo.

A veces, después de años conformándote con migajas, una relación sana parece sospechosamente sencilla.

Dos años después de