que había recibido dinero para alterar los registros del accidente.
Su nombre era Esteban Rivas.
El mismo médico que ahora pretendía declarar incapaz a mi padre adoptivo.
En ese instante,
mi teléfono comenzó a sonar.
Era Elena.
Contesté inmediatamente.
—Álvaro, tienes que sacar a papá y mamá de esa casa.
—¿Por qué?
Su voz temblaba.
—Sergio acaba de enterarse de que encontraste la caja.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo lo sabe?
Elena comenzó a llorar.
—Porque Mónica lleva meses trabajando para alguien que conoce tu verdadera identidad.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién?