brazos.
Tenía mis mismos ojos.
Detrás había una fecha.
Y un nombre.
Isabel Ferrer.
Mi madre biológica.
Debajo había una dirección en Madrid.
Reconocí inmediatamente la calle.
Estaba a menos de dos kilómetros de las oficinas centrales de mi empresa.
Sentí un escalofrío.
Entonces Laura encontró un documento doblado.
Era una declaración firmada por un antiguo investigador privado.
La primera línea decía:
«El accidente de los padres de Álvaro Mendoza no fue accidental».
Me quedé paralizado.
Pero lo que venía después fue todavía peor.
El informe mencionaba a un hombre