La casa nunca había sido el verdadero
problema. El problema era la certeza con la que habían planificado mi futuro: llegaría la herencia, aparecería mi firma y yo terminaría aceptándolo.
Dos días después, Martín llamó. Habían localizado otra grabación en el teléfono de papá. No era una conversación con Ethan. Era con Patricia, ocho días antes de la muerte de mi padre. Esta vez, había sido mi suegra quien había pedido la reunión. Antes de escucharla, preparé una libreta. Ya no quería reaccionar solo con emociones. Quería distinguir cada