Sus padres le dijeron “contigo sería tirar el dinero” y pagaron la universidad de su hermana; años después, frente a millas de personas, ella subió al escenario con una beca dorada y los obligó a mirarla por primera vez, sin poder esconder su vergüenza.

A mí me mandaban mensajes cortos: “¿Todo bien?” “Échale ganas.” “No te olvides de llamar a tu abuela”.

Nunca preguntaron cómo pagaba la renta. Nunca preguntaron si comía. Nunca preguntaron si necesitaba ayuda.

Cuando la Fundación Quetzal abrió la convocatoria, la profesora Robles me acompañó en cada paso. Fueron ensayos, entrevistas, pruebas, cartas de recomendación y una revisión completa de mi historia académica. La entrevista final fue en Ciudad de México. Viajé 7 horas en autobús con un saco prestado y unos zapatos que me lastimaban los talones.

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