permiso.
Durante meses evitó a Mariana en el campus. La universidad era enorme, pero el destino a veces tiene un sentido cruel del humor. Una tarde, en la biblioteca, mientras revisaba mi tesis, escuché su voz.
—¿Daniela?
Levanté la vista.
Mariana estaba frente a mí, con una blusa cara, el cabello perfecto y una expresión de absoluto desconcierto.
—¿Qué haces aquí?
—Estudio aquí —respondí.
Soltó una risa nerviosa.
—No, pero… ¿cómo? Mis papás no dijeron nada.
—Porque no saben.
Su rostro cambió. Miró mi credencial, mis libros, el gafete de