por la ironía.
Su preocupación no era mi historia. Era la incomodidad de descubrirla.
Días después, el rector confirmó la lista oficial de honores. Yo estaba en el primer lugar de la generación conjunta del programa Quetzal. Mi nombre abriría la ceremonia frente a millas de personas, empresarios, familias, profesores y medios universitarios.
Esa tarde, mientras Mariana recibía flores anticipadas de mis padres y ellos reservaban una cena para celebrar “su gran día”, yo ensayaba mi discurso en un salón vacío.
La primera línea era sencilla.
No mencionaba nombres.
Pero