iba a hacer que mi familia escuchara, por fin, lo que durante años se negó a mirar.
La mañana de la graduación, la Universidad Privada del Valle parecía vestida para presumirse. Jardines recién regados, carpas blancas, cámaras, padres emocionados, ramos enormes y estudiantes tomándose fotos como si el futuro ya les perteneciera. Yo entré por la puerta lateral, junto con los becarios y profesores invitados. Mi toga era negra, pero sobre los hombros llevaba una estola dorada y, en el pecho, el medallón de la Fundación Quetzal.
Desde un costado