pero tampoco sonreí.
La ceremonia comenzó. Hablaron directivos, padrinos de generación, representantes de carrera. Aplaudieron nombres, entregaron reconocimientos, tomaron fotos. Mis manos estaban frías, pero mi respiración estaba tranquila. No sentí ganas de destruir a nadie. Eso me sorprendió. Yo había llegado a ese escenario no para vengarme, sino para existir sin pedir permiso.
Entonces el rector volvió al micrófono.
—Ahora recibimos a la estudiante con el expediente más alto de esta generación, becaria nacional de la Fundación Quetzal y encargada del mensaje de graduación.
Mi papá levantó la cámara