hacia Mariana.
—Con ustedes, Daniela Hernández.
El estadio se volvió un murmullo.
Me puse de pie.
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Vi cómo mi mamá giraba la cabeza, confundida. Vi cómo mi papá bajaba la cámara lentamente. Vi cómo Mariana cerraba los ojos, como si de pronto entendiera todo lo que había evitado mirar durante años.
Caminé hasta el podio. Cada paso sonó claro sobre la madera. El medallón brilló bajo el sol. Cuando llegué al micrófono, tardé un segundo en mirar al público. Más de 2.500 personas guardaban