en la Ciudad de México. Renté un departamento pequeño, con una ventana que daba a otra pared, y aun así me pareció el lugar más libre del mundo.
Mi mamá empezó a escribirme cartas. Mariana me invitó a tomar café sin fotos, sin historias, sin fingir cercanía. Mi papá tardó más. El orgullo, cuando se disfraza de autoridad, aprende lento. Una noche llamó y dijo:
—No sé cómo reparar lo que rompí.
Miré las luces de la ciudad.
—Entonces no lo repara rápido —contesté—. Repáralo bien.
No nos volvimos una