demostrar que somos buenos padres.
También aprendí que podemos amar profundamente a nuestros hijos y, aun así, decirles que no.
Y cada vez que veo el abrigo de Julián colgado detrás del mostrador, recuerdo aquella mañana en el supermercado.
Ellos pensaron que estaban tirando mi vida a la basura.
No sabían que, mientras lo hacían, yo estaba recuperándola.
Porque a los 69 años descubrí que la vejez no era el final de mi historia. Era el comienzo del capítulo en el que, por fin, iba a vivir para mí.