más difícil a partir de ese punto. La grieta se ensanchó hacia un lateral, formando una cavidad irregular. Al iluminar la zona, vieron lo que parecía ser un pequeño campamento improvisado: restos de una manta térmica, una lata vacía, una cuerda corta y, en el fondo, un cuaderno parcialmente empapado.
Morel lo abrió con cuidado. Muchas páginas estaban ilegibles, pero algunas palabras se distinguían: “no sube”, “esperar”, “herida”, “escuchamos voces”. No había nombres, pero la letra parecía de Julián.
La frase más inquietante apareció en una página intermedia:
“No puedo