murmullos.
Lupita comenzó a llorar.
Durante nueve meses había repetido la misma frase: “Yo no maté al señor Arturo”.
Nadie le había creído.
Ahora, delante de todos, la verdad comenzaba a salir a la luz.
El juez miró a los policías.
—Quiero que se revise inmediatamente la autenticidad de esos archivos. Y quiero una orden para registrar la mansión de Arturo Cifuentes.
Valeria empezó a temblar.
—No pueden hacer esto. ¿Saben quién soy?
El juez la miró con severidad.
—Precisamente por saber quién es usted, señora Montenegro, vamos a asegurarnos