Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

PARTE 1

Me enterraron un miércoles en el Panteón Municipal, en el lote 18, a cajón cerrado y bajo una lluvia que parecía querer lavar la culpa de todos los presentes. Mi esposo arrojó un puñado de tierra húmeda sobre la madera, mientras mi madre se desvanecía, cayendo de rodillas en el lodo. Mi hijo de once años estaba allí, quieto, envuelto en una chamarra que le quedaba grande y que no era suya. No derramó una sola lágrima, porque esa misma mañana le habían dicho que “los hombres de