posible para resguardar a la hermana Esperanza de los rumores que recorrían los pasillos del convento. Había respondido cada consulta de la oficina del obispo con palabras cuidadosamente medidas, sin mentir, pero también sin ofrecer más de lo estrictamente necesario.
Había tranquilizado a las demás religiosas repitiéndoles que la caridad, a veces, exige paciencia antes que comprensión. Había organizado los bautismos con discreción, había registrado a los niños siguiendo cada uno de los cauces legales y se había asegurado de que el pequeño Tomás y el pequeño Miguel crecieran rodeados