Mi hijo congeló todas mis tarjetas para que ni siquiera pudiera comprar comida… Pensó que ya controlaba nuestro imperio automotriz de 720 millones de pesos, hasta que una llamada del banco me reveló que él no tenía idea de quién seguía teniendo la última llave.

cinco años de matrimonio ni en los cinco años desde que Tomás murió.

Rechazada también.

Sentí que la sangre se me bajaba a los pies. La cajera me miró con esa sonrisa incómoda que la gente usa cuando no quiere humillarte más de lo que ya estás.

“¿Tiene efectivo?”

Abrí mi cartera.

Nada.

Solo una foto vieja de Tomás, con su camisa manchada de grasa, sonriendo frente al primer taller que abrimos en Naucalpan.

De ese taller salieron doce agencias de autos, contratos en tres estados y un patrimonio que