me explicaron su plan.
Vender tres agencias. Liquidar activos. Usar documentos que, según ellos, yo había firmado “sin acordarme”. Darme una mensualidad “digna”. Sacarme de las decisiones. Tal vez convencerme de vender mi casa para mudarme a una residencia “más adecuada para mi edad”.
Yo los escuché en silencio.
Hasta que Alejandro sacó dos billetes de quinientos pesos y me los extendió.
“Ten, mamá. Para tu súper.”
No los tomé.
“Prefiero quedarme sin comer que aceptar limosna de mi propio hijo.”
Fernanda me miró de arriba abajo.
“Ya volverá. El