día siguiente volvió.
Traía la misma chaqueta. Las mismas manos. La misma forma tranquila de saludar.
Pero antes de irse sacó de un bolsillo una hoja doblada.
—Esto no es mío —dijo—. Es de mi hija.
Me la dio y salió casi sin esperar respuesta.
Abrí el papel.
Era un dibujo.
Se veía mi panadería, con el mostrador enorme y la campanita en la puerta. Detrás estaba yo, con un delantal. Delante estaba Miguel, con una bolsa de papel en la mano.
Arriba, escrito con letra de niña, decía:
“Aquí